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God save the Queen

La trágica muerte de la Princesa de Gales impulsó a la Reina de Inglaterra a cambiar sus valores tradicionales a favor de un pueblo que siempre la amó. Stephen Frears recrea los hechos con honestidad y respeto en busca de la reconciliación.

(La Reina) The Queen

Stephen Frears, 2006

Cines Princesa, V.O.S.

6,20 euros

Con merecido triunfo afirmaba ayer Helen Mirren, en la 79ª Edición de los Premios Oscar, que con dignidad, respeto y sin cambiar de peinado la Reina de Inglaterra ha gobernado durante cincuenta años. No de otro modo se consigue tan preciada virtud, sino al cabo de mucho esfuerzo, aprendizaje y andadura en el tiempo con no menos dificultades. Hablar de dignidad equivale a hablar de equilibrio emocional, saber distinguir lo bueno de lo malo y actuar conforme a tales principios. En este sentido, dignidad es sinónimo de respeto, reconocimiento, orgullo, satisfacción y conocimiento. Pero también de adaptación al medio, cambio de unos valores por otros, modernización.

Así en estos términos, lo solicitó la sociedad inglesa a su reina en respuesta al conmovedor accidente de Lady Di, más conocida como la “princesa del pueblo”. La monarquía británica se enfrentaba a su prueba más dura. Era el momento de la reconciliación con la ciudadanía, profundamente conmocionada.

Casi diez años más tarde se ha conseguido fortalecer esa unión. Si alguien ha aunado esfuerzos en establecer un diálogo entre las partes afectadas, después de tantos años, ése ha sido Stephen Frears. Controvertido director al cual debemos títulos tan polémicos y elogiados como Mi hermosa lavandería, Hi-Lo Country o la propia The Queen, que ayer se llevaba el dorado trofeo (Mejor Actriz Principal). Lo que en principio parecía una simple tragicomedia de caracteres tipificados (la malvada reina, la bella princesa, el mediador de condición humilde o el príncipe pusilánime) se convierte en manos de este director en un complejo drama cargado de emociones contradictorias, personajes de carácter ambiguo y situaciones sociopolíticas tremendamente delicadas. A la película no le sobra detalle: la instantánea del Primer Ministro inglés luciendo una camiseta de fútbol con su nombre y el número diez a la espalda,  tiende a fortalecer la personalidad campechana y al mismo tiempo egocéntrica del personaje. Así como tampoco adolece de falta de rigor histórico. Prueba de ello son la multitud de escenas de archivo grabadas durante aquel verano del 97, así como las escenas en donde se intentan reconstruir los hechos con la mayor fidelidad, usando la técnica (cámara móvil, textura de la imagen) al servicio de la idea. Igualmente no se prescinde del elemento estético, por lo cual elogiamos al cine como lo que es. El film se adorna poéticamente de símbolos significativos. Cabe recordar la escena sublime en que la Reina, ocultando su llanto al espectador (¡aun en la ficción!) gira el torso ante la llegada de un ciervo de gran belleza al que más tarde contemplará ya sin vida, para terminar proclamando su lamento por la pérdida en un “esperemos que no sufriera mucho”.

Por tanto, autenticidad y honestidad, tanto para la película como para el personaje real al que se quiere representar. Y por todo ello, como ya cantara el mítico del rock Queen, “God Save the Queen”, por el cambio, la dignidad y el respeto.

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Obsesión intimista

Avalado por el lector y por la crítica, el escritor leonés, Julio Llamazares, recupera la novela intimista de anteriores títulos en El cielo de Madrid. Esta vez sin embargo, el escenario es bien distinto. Nos presenta un Madrid, ese espacio urbano por excelencia, en su duro deambular político desde la década de los ochenta a los noventa.

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 El cielo de Madrid

Julio Llamazares

Punto de lectura.

Madrid, 2006

254 páginas. 6,50 euros

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GARCÍA PEÑA  

Todo ascenso es un descenso. “El éxito consiste en hacer lo que a uno le gusta. O por lo menos en intentarlo”. Pero para conocer lo que te gusta has debido probar primero aquello que te disgusta, aquello que te impide ver, en ocasiones, lo que deseas. Para alcanzar el cielo primero has tenido que sufrir los infiernos. Ése es el precio de la felicidad.

La gran aventura de la vida, cuyo camino deambula entre los descensos a los temores e inseguridades y los ascensos definitivos a la felicidad, es un arduo viaje hacia la autodefinición de uno mismo.

El escritor leonés Julio Llamazares, fruto de su entusiasmo intimista en su modo de novelar, ha querido llegar como siempre al fondo de las cosas. Algo que ya empleara en novelas anteriores como Luna de Lobos (1985) o La lluvia amarilla (1988) y que ha mantenido en ésta, su nueva novela, El cielo de Madrid, derrochando palabras y páginas con el fin de definirse más a sí mismo y, de este modo, encontrar aquello que le hace sentir bien. Escribir. Si ya en las anteriores novelas el marco sociopolítico que envolvía a los personajes era la excusa perfecta para realizar esa introspección obsesiva de la que tanto se le ha ensalzado, aunque tenía mucho que ver con la trama de sus protagonistas, en El cielo de Madrid se convierte en simple anécdota. En realidad, apenas hay acontecimientos en torno al personaje; acerca de sus amigos, su ciudad, dónde vive y con quién, o a dónde huye. Estos datos no son más que simples compañeros de viaje, apeados a su debido tiempo en sus correspondientes estaciones, a uno u otro lado de ese camino por el que circula solo, el protagonista, obsesionado por las nuevas obligaciones que le plantea la vida, sus miedos, así como su añorada juventud, libre y sin ataduras.

El error de Llamazares en este caso reside en haber tratado esa obsesión como único vehículo para la narración. Una obsesión que encuentra su vía de escape en la pintura (Carlos, el protagonista, se vino a Madrid a estudiar Bellas Artes y a convertirse en un pintor famoso), momento de máxima expansión emotiva que sin embargo tampoco conduce a lugares más elevados. No de otro modo, la narración avanza a trompicones, en un camino pedregoso, repetitivo, constante y hasta cansino, a pesar de mostrar en ocasiones cierta precisión en sus descripciones gracias a la sencillez de estilo. Lo cual quizás hubiera sido una buena justificación para el tema tratado, a no ser porque no es necesario someter al lector a tanta obsesión para que entienda lo que le pasan a los personajes.

Lejos de su acertada faceta como cuentista y ensayista, esta novela supone un leve descenso a los infiernos. Esperemos que después de una breve estancia en el purgatorio, consiga de nuevo el cielo. 

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