Avalado por el lector y por la crítica, el escritor leonés, Julio Llamazares, recupera la novela intimista de anteriores títulos en El cielo de Madrid. Esta vez sin embargo, el escenario es bien distinto. Nos presenta un Madrid, ese espacio urbano por excelencia, en su duro deambular político desde la década de los ochenta a los noventa.
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El cielo de Madrid
Julio Llamazares
Punto de lectura.
Madrid, 2006
254 páginas. 6,50 euros
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GARCÍA PEÑA
Todo ascenso es un descenso. “El éxito consiste en hacer lo que a uno le gusta. O por lo menos en intentarlo”. Pero para conocer lo que te gusta has debido probar primero aquello que te disgusta, aquello que te impide ver, en ocasiones, lo que deseas. Para alcanzar el cielo primero has tenido que sufrir los infiernos. Ése es el precio de la felicidad.
La gran aventura de la vida, cuyo camino deambula entre los descensos a los temores e inseguridades y los ascensos definitivos a la felicidad, es un arduo viaje hacia la autodefinición de uno mismo.
El escritor leonés Julio Llamazares, fruto de su entusiasmo intimista en su modo de novelar, ha querido llegar como siempre al fondo de las cosas. Algo que ya empleara en novelas anteriores como Luna de Lobos (1985) o La lluvia amarilla (1988) y que ha mantenido en ésta, su nueva novela, El cielo de Madrid, derrochando palabras y páginas con el fin de definirse más a sí mismo y, de este modo, encontrar aquello que le hace sentir bien. Escribir. Si ya en las anteriores novelas el marco sociopolítico que envolvía a los personajes era la excusa perfecta para realizar esa introspección obsesiva de la que tanto se le ha ensalzado, aunque tenía mucho que ver con la trama de sus protagonistas, en El cielo de Madrid se convierte en simple anécdota. En realidad, apenas hay acontecimientos en torno al personaje; acerca de sus amigos, su ciudad, dónde vive y con quién, o a dónde huye. Estos datos no son más que simples compañeros de viaje, apeados a su debido tiempo en sus correspondientes estaciones, a uno u otro lado de ese camino por el que circula solo, el protagonista, obsesionado por las nuevas obligaciones que le plantea la vida, sus miedos, así como su añorada juventud, libre y sin ataduras.
El error de Llamazares en este caso reside en haber tratado esa obsesión como único vehículo para la narración. Una obsesión que encuentra su vía de escape en la pintura (Carlos, el protagonista, se vino a Madrid a estudiar Bellas Artes y a convertirse en un pintor famoso), momento de máxima expansión emotiva que sin embargo tampoco conduce a lugares más elevados. No de otro modo, la narración avanza a trompicones, en un camino pedregoso, repetitivo, constante y hasta cansino, a pesar de mostrar en ocasiones cierta precisión en sus descripciones gracias a la sencillez de estilo. Lo cual quizás hubiera sido una buena justificación para el tema tratado, a no ser porque no es necesario someter al lector a tanta obsesión para que entienda lo que le pasan a los personajes.
Lejos de su acertada faceta como cuentista y ensayista, esta novela supone un leve descenso a los infiernos. Esperemos que después de una breve estancia en el purgatorio, consiga de nuevo el cielo.







